Padre Bohdan

Hoy es jueves, el Vigésimo segundo domingo después de Pentecostés, un día ordinario, sin ayuno. En el Evangelio, los discípulos querían castigar con fuego a una aldea samaritana que no había recibido a Jesús. Él los detuvo: el Hijo del Hombre no ha venido a perder, sino a salvar. Es una historia sobre nuestra propia ira: qué fácil resulta decidir que alguien no merece misericordia, y qué difícil recordar que también nosotros fuimos salvados alguna vez sin mérito alguno. La memoria de hoy es la de santa Anastasia la Romana, que vivió en Roma a mediados del siglo III, en tiempos de persecución. Murió como mártir por Cristo. Se conserva el recuerdo de su firmeza y de su callado valor. Su testimonio nos recuerda que la fidelidad a Dios exige, a veces, sencillez y perseverancia. Queridos hermanos, que este día sea sereno y bueno. Que en las conversaciones difíciles haya paciencia en lugar de irritación, y en el corazón, espacio para la misericordia. Que el Señor los bendiga y los guarde en paz. Santa Anastasia, ruega a Dios por nosotros.

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