He pasado la mayor parte de mi vida empezando cosas.
Algunas se convirtieron en empresas.
Algunas se convirtieron en productos.
Algunas desaparecieron.
Algunas me enseñaron más al fracasar que otras al triunfar.
Durante mucho tiempo pensé en ellas como proyectos separados.
Solo mucho después comprendí hasta qué punto el camino había sido, en realidad, continuo.
De la televisión y la radio a la primera Internet, de las comunidades en línea a las plataformas, de los medios y la analítica a la inteligencia artificial, he vuelto una y otra vez, en esencia, al mismo problema:
cómo conectar personas, información y tecnología de maneras útiles.
Mi camino en la Iglesia se desarrolló en paralelo a ese trabajo.
No me apartó de la ciencia ni de la tecnología.
En cambio, hizo que otra pregunta resultara cada vez más difícil de ignorar:
¿para qué estamos construyendo todo esto?
La tecnología nos da un poder extraordinario para crear sistemas que influyen en el comportamiento humano, las instituciones y las sociedades.
Cuanto más poderosos se vuelven esos sistemas, mayor es la responsabilidad de las personas que los construyen.
Esa es la perspectiva que llevo hoy a mi trabajo.
Sigo fascinado por la nueva tecnología.
Sigo dispuesto a experimentar.
Sigo dispuesto a construir cosas que pueden fracasar.
Pero, después de más de veinticinco años, entiendo con mucha más claridad que la medida definitiva de un sistema no es únicamente si funciona.
Es lo que hace a las personas que viven dentro de él.
Aún queda muchísimo por construir.