Hoy, jueves de la vigésima semana después de Pentecostés, el Evangelio narra cómo los discípulos de Juan el Bautista se acercaron a Jesús con una pregunta: ¿Eres tú el que esperábamos? Y él, en respuesta, no se puso a demostrar nada, simplemente dijo: mirad, los ciegos ven, los cojos andan, los pobres reciben la buena noticia. Y añadió en voz baja: dichoso el que no se escandalice de mí. Tan sencillo y tan profundo: la fe se reconoce no por las palabras altisonantes, sino porque a su lado se vuelve más cálido vivir. Hoy la Iglesia conmemora a santa Aurelia de Ratisbona, que vivió en los siglos décimo y undécimo y murió en 1027 en Ratisbona. Fue eremita, es decir, eligió una vida del todo discreta, oculta a las miradas, lejos del ruido y de las alabanzas. De su hazaña sabemos poco, pero esa misma permanencia silenciosa ante Dios, día tras día, en ayuno y oración, ya habla de un gran valor y de un gran amor. La santidad a menudo es precisamente así: callada, invisible para todos, pero no por ello menos real. Queridos míos, que este día sea para vosotros tranquilo y bueno. Si hoy alguien os pregunta por la fe, no os apresuréis a demostrar nada, contad simplemente qué bien os ha hecho el Señor. Que santa Aurelia, mujer de oración silenciosa, nos ayude a valorar los minutos sencillos pasados con Dios y con los seres queridos. La bendición del Señor permanezca con vosotros, y la paz en vuestro corazón.
